Pobre de mí. Otro año sin ir a San Fermín. Otro año que me tendré que conformar con levantarme con mis legañas a cuestas y ver los encierros por la televisión, apurando un té y una tostada desde la aburrida comodidad de mi casa. A pesar de todo, esta versión enlatada de la fiesta es para mí un rito insustituible. Si estoy fuera de España, un 7 de julio, siempre echo de menos esos dos o tres minutos de adrenalina pura que me cargan las pilas para el resto del día. Mi primera visita a los Sanfermines fue con apenas 17 añitos y casi recién llegada de Uruguay. Aún guardo en la memoria la impresión de aquella marea de blancos y rojos inundando las calles, bailando, gritando, bebiendo, viviendo en definitiva. A pesar de que mi padre era un gran aficionado a los toros y un apasionado de Santiago Martín, "El Viti" , cosa bastante extraña en un país donde las corridas están prohibidas desde hace más de cien años, yo no estaba preparada para la avalancha de emociones que me esperaban. Viajé a Pamplona con unos amigos, más empujada por la idea del ambiente de ciudad que por otra cosa, pensando que aquello de aguantar hasta las 8 de la mañana para ver como unos mozos en alpargatas corriendo delante de unas bestias era bastante absurdo. Después del primer encierro comprendí que hasta entonces no había entendido nada de la belleza de la Fiesta de los toros, ni de la nobleza de estos animales. Fue una epifanía taurina en toda regla. Desgraciadamente, no todos lo ven así. Muchos creen que el mundo sería un lugar mejor sin esta fiesta. «No es arte, ni cultura, es una masacre». «Es una tradición bárbara que hoy en día es inaceptable», decía recientemente una sociedad protectora de animales anunciando actos de protesta durante los encierros. San Fermín es, también, controversia. Para los que nos gusta la Fiesta es, huelga decir, el lugar donde más se aprecia el astado a la antigua usanza, los que lidiaban los grandes patriarcas del toreo del siglo XIX y la Capital del Toro con mayúsculas para cualquier ciudadano del planeta. A casi nadie se le ocurre ir a protestar contra la Fiesta a la Feria de San Isidro, por más que su ciclo taurino sea el más largo del mundo. Todas las miradas se centran en Pamplona durante esa semana de Julio. Para lo bueno y para malo.
Aunque uno sea un entusiasta, si lo pensamos fríamente, es comprensible que a mucha gente le resulte imposible entender esta fiesta y la relacione con la historia más primitiva y negra de nuestro país, aunque sea el mismísimo Hemingway vuelto a la vida quien se lo cuente. Sin embargo, en las cosas del corazón nadie puede hacer ciencia y los Sanfermines son pasión y eso se siente o no se siente, da igual de dónde se venga, como atestiguan los cientos de miles de turistas de otros países que visitan Pamplona en estas fechas, muchos de los cuales han incluso institucionalizado esta visita anual en sus vidas. En este mundo tan homogeneizado, tan limpio, tan aséptico, donde todos vamos vestidos igual, comemos lo mismo y lo políticamente correcto es un dogma, hay muchas personas para las cuales lo auténtico tiene un enorme valor. Lo buscan y lo aprecian. Humildemente, me gustaría incluirme en este selecto grupo. Por eso levanto mi copa (de vino navarro, por supuesto) y les deseo a todos que disfruten de una de las fiestas más grandes del mundo. ¡Viva San Fermín!